Nicaragua y la quiebra de su cultura política: del eslogan que cancela al debate que une

Introducción: el problema que antecede a todos los demás
Nicaragua no enfrenta únicamente una crisis de régimen, ni solo un colapso institucional, ni exclusivamente la ausencia de elecciones libres. En su raíz más profunda, el país enfrenta una crisis de cultura política. Esta crisis precede al régimen actual, lo alimenta y —si no se transforma— sobrevivirá incluso a cualquier transición formal de poder.
La cultura política, entendida como el conjunto de valores, prácticas y códigos que regulan cómo una sociedad concibe el poder, el conflicto y la convivencia democrática, no ha alcanzado madurez. Por el contrario, ha reproducido históricamente patrones autoritarios: personalismo, caudillismo, intolerancia al disenso, pobreza argumentativa y una peligrosa tendencia a convertir la política en una guerra moral entre “amigos” y “enemigos”.
Lo más grave es que estos vicios no son patrimonio exclusivo del poder. Se reproducen con igual intensidad en la oposición, en la sociedad civil, en los medios de comunicación y —de manera especialmente tóxica— en la diáspora.
La tesis de este ensayo es clara:
sin una transformación profunda de la cultura política —especialmente de la forma en que debatimos— no habrá democracia sostenible en Nicaragua, aunque cambien los gobiernos.
I. El eslogan como sustituto del pensamiento
Uno de los rasgos más visibles de la inmadurez política nicaragüense es la sustitución del argumento por el eslogan. La política no se razona: se repite. No se analiza: se etiqueta. No se confrontan ideas: se lanzan consignas.
El eslogan cumple una función emocional: simplifica la realidad y reduce la necesidad de pensar. Pero cuando se convierte en método permanente, atrofia el pensamiento político. La complejidad se vuelve sospechosa. El matiz se interpreta como ambigüedad moral. La duda es vista como traición.
Así, el debate público se empobrece hasta convertirse en una competencia de consignas, donde pensar con autonomía es percibido como un riesgo político.
II. La etiqueta como arma: cuando clasificar sustituye a debatir
Esta pobreza argumentativa se expresa con crudeza en el uso cotidiano de etiquetas políticas como mecanismo de anulación del otro. En lugar de responder ideas con razones, se responde con sellos identitarios:
- sos somocista
- sos sandinista
- sos contra
- sos comunista
- sos izquierdoso
- sos conservador
- sos liberal
- sos arnoldista
- sos MRS
- sos ongero
Estas palabras no se usan como categorías analíticas, históricas o ideológicas, sino como armas simbólicas. No describen posiciones: cancelan personas. Una vez colocada la etiqueta, el argumento deja de importar. La conversación termina.
Este mecanismo revela una carencia profunda: cuando no se puede refutar una idea, se desacredita al sujeto que la expresa. El eslogan no busca comprender; busca expulsar. No organiza el debate; lo clausura.
En una cultura política madura, las identidades ideológicas sirven para orientar el diálogo. En la nicaragüense, las etiquetas funcionan como tribunales morales improvisados que deciden quién puede hablar y quién debe ser silenciado.
III. Crítica confundida con enemistad
En una democracia funcional, la crítica es un insumo. En la cultura política nicaragüense, la crítica es una amenaza. No existe una distinción clara entre cuestionar una idea y atacar a una persona. El disenso no se procesa: se castiga.
Opera una lógica binaria y empobrecedora:
- si cuestionás, sos enemigo;
- si matizás, sos sospechoso;
- si no repetís el guion dominante, sos traidor.
Esta lógica es profundamente autoritaria, aunque se exprese con lenguaje democrático. El autoritarismo no comienza con la censura estatal; comienza cuando una comunidad decide que solo una forma de pensar es legítima.
IV. Una política sin retroalimentación no aprende
Otro déficit estructural es la ausencia de retroalimentación, tanto positiva como negativa. No sabemos evaluar sin atacar ni reconocer sin encasillar.
- Si señalás errores, “dividís”.
- Si reconocés aciertos, sos “fanático”.
- Si intentás equilibrio, sos “tibio”.
Esta dinámica bloquea el aprendizaje colectivo. Las organizaciones no corrigen, los liderazgos no evolucionan y los errores se repiten.
Sin retroalimentación no hay mejora; sin mejora no hay madurez; sin madurez no hay democracia.
V. El reconocimiento como tabú
Una cultura política adulta sabe reconocer el mérito sin idolatrar. La nicaragüense no. Aquí, valorar el trabajo bien hecho se interpreta como alineamiento ciego o sumisión ideológica.
Este rechazo al reconocimiento destruye incentivos, desalienta el esfuerzo honesto y empobrece la vida organizacional.
Una política que no sabe reconocer tampoco sabe construir.
VI. Amarillismo, fake news y la cultura del desprestigio
Sobre esta inmadurez se ha instalado una práctica particularmente corrosiva: la cultura del desprestigio. En lugar de debatir ideas, se desacreditan personas. En lugar de refutar argumentos, se asaltan intenciones.
Se sacan frases de contexto, se fabrican narrativas de sospecha y se lanza el rumor como arma política. No importa la verdad; importa el daño. El linchamiento simbólico reemplaza al debate.
Esta práctica reproduce exactamente las lógicas del autoritarismo: control del relato, cancelación del disidente y castigo social al pensamiento independiente.
La paradoja es brutal: se combate la dictadura con prácticas culturales autoritarias.
VII. La prensa como industria: cuando el negocio reemplaza al deber democrático
Un factor central de este deterioro es que la prensa ha dejado de operar principalmente como institución democrática y ha pasado a funcionar como industria. El escándalo vende más que el análisis; la indignación más que la verificación; la descalificación más que el argumento.
Muchos medios no abren el debate: lo administran. Deciden qué voces son aceptables y cuáles deben ser marginadas. No actúan como foros de deliberación, sino como guardianes de la narrativa.
Así, la prensa deja de ser contrapeso del poder y se convierte en reproductora de la misma lógica autoritaria que dice combatir.
VIII. La diáspora: democracia vivida, autoritarismo reproducido
Paradójicamente, esta patología se intensifica en la diáspora. Viviendo en sociedades democráticas, muchos actores reproducen prácticas autoritarias: insultadera, cancelación moral, linchamientos digitales y guerras de ego.
La diáspora, en lugar de ser laboratorio democrático, se ha convertido en espejo amplificado de nuestros peores vicios culturales. El resultado es fragmentación, desconfianza y desgaste.
IX. Democracia no es unanimidad
Aquí yace la confusión central: creer que unidad significa pensar igual. No es así.
La democracia es conflicto regulado, no consenso forzado. Es pluralidad organizada, no pureza ideológica.
- Debatir no divide.
- El desprestigio divide.
- La cancelación divide.
X. Cómo construir una cultura política que debata y una
Salir de esta crisis exige una transformación cultural consciente:
Separar ideas de personas.
Reemplazar eslóganes por argumentos.
Institucionalizar la retroalimentación.
Recuperar la cultura del reconocimiento.
Erradicar el desprestigio como método.
Exigir medios responsables y plurales.
Aceptar el disenso como activo democrático.
Conclusión: la democracia empieza en la palabra
Nicaragua no solo necesita elecciones libres. Necesita aprender a hablarse políticamente. Aprender a debatir sin destruirse es condición previa para cualquier transición democrática sostenible.
La democracia no se decreta ni se grita. Se practica: en cómo disentimos, en cómo argumentamos, en cómo reconocemos al otro y en cómo resistimos la tentación de la etiqueta fácil.
Mientras no transformemos nuestra cultura política, cualquier cambio institucional será frágil.
Cuando lo hagamos, la democracia dejará de ser consigna y empezará a ser realidad.

